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Santiago Arizmendi, estudiante de Ingeniería de Telecomunicación en la UAH, ha ganado el premio al mejor TFC en Gestión, Economía y Regulación de las Telecomunicaciones del Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicaciones. Su proyecto aporta un método de evaluación de las smart cities o ciudades inteligentes, que servirá para que los ayuntamientos puedan evaluar el grado de ‘inteligencia’ de las medidas tecnológicas puestas en marcha.

La smart city es uno de los avances más importantes en el ámbito de la gestión de ciudades de los últimos años. Los municipios que aplican medidas ‘inteligentes’ tienen una serie de ventajas en ámbitos como la eficiencia en la gestión de servicios, el ahorro de costes y, en general, en la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, incluyendo su relación con la propia ciudad. El modelo avanza y cada vez se aplica en más ciudades, pero todavía no existe un modelo homogéneo que defina los criterios y establezca el estándar que sirva de referencia para desarrollar ciudades inteligentes y para que los ayuntamientos se auto-evalúen.

Al menos hasta ahora, porque el Trabajo de Fin de Carrera de Santiago Arizmendi, estudiante de Telecomunicaciones de la UAH, titulado ‘Contribución a la definición de indicadores para la medición y valoración de smart cities’,tutorizado por el profesor Antonio Portilla y dirigido por Julio Navío, viene a definir ese modelo y establece los indicadores a tener en cuenta para una autoevaluación o una evaluación externa. En el proyecto ha revisado más de 2.000 indicadores y ha propuesto un procedimiento para seleccionar los más adecuados a la hora de la evaluación. De este modo, definir qué es y por qué una smart city, va a ser mucho más sencillo. El jurado ha valorado la innovación del proyecto y también su utilidad social.

‘El problema que existe en este momento es que cada ayuntamiento, cada ciudad, tiene su propio criterio a la hora de definir qué es una smart city y no hay un estándar común y en mi TFC hemos tratado de definir qué es y de qué se compone una ciudad inteligente’, señala Arizmendi.

Tomando como referencia la definición de smart city hecha por la UE (una ciudad que busca mejorar la vida de los ciudadanos a través de la tecnología mediante acuerdos entre entidades públicas y privadas), el TFC analiza seis categorías relacionadas con el ámbito económico, de gobernabilidad, medioambiental, social, etc.

¿Cómo sería una ciudad inteligente ideal? De momento no existe respuesta a esa pregunta, pero ‘sí se está trabajando para que haya presencia de determinadas tecnologías aplicadas a la regulación del alumbrado, mediante sensores que reducen la intensidad o eliminan luces; para que existan medidas de detección de los niveles de contaminación y se apliquen otras destinadas a reducir esos niveles cuando se sobrepasan los índices permitidos y, sobre todo, para aplicar medidas de ‘open data’ que permitan una total transparencia sobre la información pública. Un sistema de transporte integrado, medidas de alquiler de vehículos no contaminantes, como las bicicletas o los coches eléctricos, o el grado de utilización de estas iniciativas también deben medirse a la hora de evaluar una ciudad inteligente’.

En España, según Arizmendi, cada vez hay más ciudades que apuestan por políticas relacionadas con la smart city, pero ya hay alumnos aventajados, como A Coruña o Barcelona, que disponen de medidas tan originales –en el caso de Barcelona- como sistemas para que los semáforos se puedan poner en verde de forma automática en las principales vías de la ciudad cuando un vehículo de emergencia recibe aviso para cubrir una urgencia.
En la Comunidad de Madrid, Rivas Vaciamadrid o Madrid también están a la cabeza en medidas destinadas a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos mediante la tecnología y el Internet de las cosas, según el estudiante de la UAH.